Los textos en este blog tratan sobre un ¨viaje¨ muy importante de mi vida, el traslado desde los Balcanes, específicamente de Serbia, a España. Sin embargo, dado que la mayoría de los viajes implica tanto ida como vuelta - aunque todavía no sé si el mío será uno de esos - decidí escribir mis experiencias y recuerdos con la intención de, ni por accidente ni con propósito, no olvidarme de dónde provengo y dónde, si aparece el momento adecuado en un futuro, debería regresar.

El esloveno de la Península Ibérica vs la vasca de los Balcanes


El esloveno de la Península Ibérica vs la vasca de los Balcanes

     Recientemente me pasó una cosa inusual. En concreto, me llamó un señor belga, pero con residencia en el norte de la provincia española de Aragón, y me ofreció una colaboración. Se trataba del dueño de una casa rural en el Pirineo Aragonés que necesitaba un periodista, o mejor dicho, un Community Manager para hacerse cargo de la parte de su negocio referente a la comunicación en las redes sociales con el fin de atraer más visitantes. Sin embargo, antes del comienzo de la cooperación el señor quiso conocerme personalmente, invitando a mi marido Sergi y a mí como sus queridos huéspedes, así que ese mismo fin de semana preparamos las maletas, nos sentamos en el coche y nos dirigimos hacia la montaña.
     La bienvenida fue muy agradable y a partir del primer momento los cuatro - el señor, su esposa, Sergi y yo - obtuvimos una agradable charla sobre la vida en España y la cultura del país. No obstante, de repente el belga empezó a comentar, desde mi punto de vista, un tema incómodo: el uso del catalán y del vasco en la casa rural. De hecho, sin prestar atención a la presencia de dos miembros del pueblo catalán - su esposa y Sergi - apasionadamente hablaba de que en su propiedad había prohibido la utilización de esos idiomas ya que la mayoría de la población en España no los entiende. En resumen, la opinión del señor acerca de los catalanes y los vascos en general me parecía bastante mala.
     En cuanto a mí, pese a que normalmente no me preocupo del problema de los diferentes idiomas o pueblos de este país, no podía creer lo que escuchaba. En otras palabras, respeto la opinión de otras personas, sean las que sean, aunque procuro no sorprenderme con ninguna tanto para que me deje sin decir palabra alguna. Bien que, eso es exactamente lo que me ocurrió a mí, me quedé sin palabras. Y no por el señor, sino debido a una postura muy tranquila de la esposa y de Sergi. Aparentaba que esas duras palabras en absoluto les molestaron.
     A continuación, ya que no me atreví a decir nada a la mujer, la misma noche, tan pronto como entramos en la habitación, me quejé a Sergi con la pregunta: “¿Por qué diablos no defiendes tu lengua y tu gente?” Sin embargo, él respondió: “Para qué discutir con un hombre que vive al lado de Cataluña y muchos de sus clientes deben ser mayormente catalanes. Y si él sigue con este tipo de pensamiento, lo cierto es que perderá todos los visitantes de allí. Además, está claro que no tiene suficientes, por eso necesita contratarte a ti”. Y de verdad, nosotros dos, determinados de no volver jamás, ese fin de semana éramos los únicos huéspedes en la casa del belga.
     Para mí, no obstante, dicho argumento no fue lo suficientemente convincente. Así que, cuando el belga, desayunando con nosotros tres al día siguiente, una vez más repitió su visión de los catalanes y los vascos, protesté: “No sé cómo usted puede decir esas cosas en presencia de dos catalanes. Si hubiera comentado algo malo acerca de los serbios en frente mío, inmediatamente me saldría de su casa y nunca más le desearía ni un buen día”. Por otro lado, el belga, como si no acabara de entender la esencia de mi rebelión, me contestó: “¿Hablar mal de los serbios? ¿Y a mí qué me importáis? Vosotros tuvisteis vuestra guerra y punto”.
     Finalmente, era así. La conversación terminó con la palabra “punto”, mientras la cooperación ni había empezado (no sólo a causa de dicha diferencia de comportamiento, sino por muchas otras del carácter puramente comercial). Además, existía algo que no terminó. Se trataba de la oposición mutua entre los puntos de vista de Sergi y el mío, quizás mejor ilustrada a través de sus palabras durante nuestro regreso a Barcelona: “Bueno, te quejaste de que yo no protejo a mi pueblo. ¡Pero tu defiendes el tuyo todo y no ser atacado!”
     En relación con este comentario, me dirigí a una buena amiga mía, una serbia que también vive en Barcelona, ​​a pesar de que su marido Marco es vasco. De hecho, contándole todo lo que había sucedido, la amiga fue sincera: “Has reaccionado con el corazón, apasionadamente, tal como lo haría Marco. O él podría haber reaccionado peor que tú. Ya le veo vertido en el altercado feroz”. Y mientras yo, la vasca de la Península Balcánica, confirmaba sus palabras sacudiendo con mi cabeza, mi amiga proseguía: “Por otra parte, Sergi a lo mejor tiene alma de un esloveno. Porque, recuerda que los eslovenos eran los más ricos en los Balcanes, al igual que los catalanes aquí, y de Yugoslavia salieron en paz, reflexionando las cosas fríamente. A ellos les preocupaba conseguir la independencia básicamente por razones económicas. Y parece que el mismo argumento, el del dinero, lo tuvo Sergi.
     Sí que parece que actuó como un verdadero esloveno proveniente de la Península Ibérica, pensé incluso antes de que a Sergi se lo explicara. Con esta comparación él, por supuesto, no estaba de acuerdo.
     ¿De qué manera, en tu opinión, los prejuicios existentes sobre diferentes pueblos influyen en  la imagen que nosotros tenemos de ellos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario