Los textos en este blog tratan sobre un ¨viaje¨ muy importante de mi vida, el traslado desde los Balcanes, específicamente de Serbia, a España. Sin embargo, dado que la mayoría de los viajes implica tanto ida como vuelta - aunque todavía no sé si el mío será uno de esos - decidí escribir mis experiencias y recuerdos con la intención de, ni por accidente ni con propósito, no olvidarme de dónde provengo y dónde, si aparece el momento adecuado en un futuro, debería regresar.

El blues del agua turbia


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“Yo canto mi blues sin intenciones importantes
ya que los peces más grandes para mí son insignificantes.
Yo desde fuera solo contemplo ese mundo…”



     Cuando era una niña, mis padres, entre otras cosas, me enseñaron a nadar. En cuanto a mí, como una estudiante diligente, me esforzaba en aprender rápidamente todo lo que ellos me mostraban. Por lo tanto, las dos últimas décadas, a partir de mi quinto año, yo estaba convencida de que dominaría la lección de la natación. No obstante, al cumplir veinticinco, de repente me encontré en medio de un agua totalmente desconocido para mí, el agua en el que, por desgracia, me parece que no sé como nadar.
     De hecho, mudándome a Barcelona durante la crisis económica y sus consecuencias cada vez más visibles, yo desde fuera - lo cual supongo que es lógico porque en la misma ciudad yo representaba y todavía represento a una extranjera - empecé a contemplar un mundo en particular. El mundo del agua turbia. O de contratar un empleado, si lo preferís así.
     Por cierto, yo nací y me crié cerca del río Danubio y la verdad es que se trata de un río muy contaminado y turbio en el cual numerosas personas ni siquiera se atreven a entrar y mucho menos a nadar. Sin embargo, quizás debido a que siempre había pensado sobre él como el bello Danubio azul, desde que me alejé de sus orillas - preservados para la eternidad con el famoso vals compuesta por Johann Strauss II - en dirección al sudoeste de Europa, intuía que poco a poco me iba a hundir. Y en relación con este posible hundimiento, en el título de mi texto salió el tipo de música que a menudo se considera triste, el blues. Pero en realidad, me pasó lo siguiente.
     Después de casi un año intentando sin éxito conseguir un trabajo tanto en el ámbito periodístico como en otros similares a éste, dos personas se pusieron en contacto conmigo a través de correo electrónico. La primera, un señor mayor, me ofreció la elaboración de una serie de interesantes preguntas y respuestas en la revista que pretendía fundar. Teniendo en cuenta que no se refería a cierto género periodístico - información, reportaje, crónica y artículo o comentario - y que no me proporcionaba nada más que un salario bajo, en mi respuesta yo quería saber si por lo menos existía la posibilidad de firmar un contrato de cooperación freelance, cosa que me garantizaría cierta cantidad de dinero y determinaría el numero y la longitud de mis textos. Si bien, hasta la fecha de hoy el señor no ha respondido a mi pregunta ni me ha contactado de ninguna forma, evitando así cualquier tipo de colaboración.
El blues del agua turbia
     Una vez pasada esa experiencia, comencé a trabajar de colaboradora en el departamento de comunicación dentro de un bufete de abogados. En este puesto mi primera obligación era dedicar un periodo de tiempo a "aprender el trabajo" (sin pago) y al final del tiempo se preveía firmar el acuerdo de cooperación. No obstante, justo al terminarse el mencionado periodo, el director de la empresa - un hombre relativamente joven que presumía de unas corbatas caras alrededor de su cuello y que podría ser descrito como “un pez gordo” en su trabajo - me invitó a su despacho para informarme que, aunque estaba satisfecho con mi dedicación y energía, el previo acuerdo disponía como duración de aprendizaje tres veces más de lo pactado. Naturalmente, únicamente al expirar ese nuevo tiempo él "concluiría mi caso" así como determinaría mi estatus laboral.
     En consecuencia, impulsada por esas dos decepciones, decidí, cuando mis paisanos del pueblo al lado del Danubio la próxima vez me pregunten qué hago en Barcelona si no alcancé un trabajo remunerado, contestar que realmente estoy aprendiendo a pronunciar primero el contrato y luego todo lo demás y simbólicamente de nuevo a nadar. Y si ellos entienden esta manera de nadar en sentido literal, no importa nada. En otras palabras, las condiciones para las personas que tengan la intención de aprender a nadar son del todo favorables: el verano se está acercando, el mar se está calentando, mientras la entrada a la mayoría de las playas barcelonesas, afortunadamente para nosotros los desempleados, sigue siendo gratuita.
     ¿Con qué dificultades te enfrentaste tú tratando de encontrar un trabajo?

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