Los textos en este blog tratan sobre un ¨viaje¨ muy importante de mi vida, el traslado desde los Balcanes, específicamente de Serbia, a España. Sin embargo, dado que la mayoría de los viajes implica tanto ida como vuelta - aunque todavía no sé si el mío será uno de esos - decidí escribir mis experiencias y recuerdos con la intención de, ni por accidente ni con propósito, no olvidarme de dónde provengo y dónde, si aparece el momento adecuado en un futuro, debería regresar.

Sergia de un país lejano y extraño

Sergia de un país lejano y extraño

     El pasado otoño, en octubre, mi marido Sergi, el fisioterapeuta, me presentó a una de las muchas pacientes con las que pasaba tiempo durante los días. Se trataba del sorprendente primer encuentro con la nonagenaria señora Irene. Sorprendente porque Irene, por una parte, no sabía pronunciar correctamente el nombre de Sergi ni el mío; en su mundo Sergi se llamaba Sergio y yo Sergia. Por la otra, a pesar de que nunca escuchó sobre la existencia de mi país, ella pensaba que era lejano y extraño. Por lo tanto, el décimo mes del año pasado nos conocimos Irene de Secastilla (un pueblecito de Huesca) y yo, Sergia de un país lejano y extraño.

     Teniendo en cuenta su edad, la falta de conocimiento y el hecho de que lleva viviendo casi un siglo en España, donde Macedonia, por ejemplo, se relaciona más con una ensalada de frutas que con un estado, no me sorprendí ya que, para Irene, yo venía de una tierra lejana y extraña. Sin embargo, unas cuantas veces sí que me sorprendí cuando, manteniendo conversaciones con otras personas, jóvenes y con más conocimiento, intentaban determinar de qué país lejano y extraño provengo.

     Según algunas, era original de Serbia y Herzegovina. En cuanto a otras, como Antonia (la abuela de Sergi), de “ahí de donde es la reina”. En resumen, enterándose de que mi religión es el cristianismo ortodoxo, Antonia concluyó sin dudar ni lo más mínimo que yo debía ser de Grecia debido a que la única ortodoxa conocida para ella es Sofia, la Reina española de origen griego.

     No obstante, se hallaba personas que no interferían la realidad, sino la simplificaban con el fin de evitar cualquier posible malentendido. Mi suegro Jordi, por ejemplo, tenía la costumbre de explicar que todos nosotros, los eslavos, somos rusos para él (una solución que, en comparación con las demás, no he visto del todo mal y más aún si, como rusa, en lugar de bromear, como hasta ahora, “nosotros y los rusos sumamos 300 millones”, podría aclamar orgullosamente que “nosotros, los rusos, sumamos 300 millones”).

     Bien que, en mi memoria la más confusión más sorprendente sigue siendo la que se produjo en una de las comidas donde asistieron algunos primos de Sergi. De hecho, el padre de Sergi derramó vino tinto de unos vasos que les regalé con el objetivo de que los primos lo probaran. Uno de ellos no logró adivinar la procedencia del vino, de modo que, al darse cuenta rápidamente de que era serbio, tuvo curiosidad por descifrar como es que tenía un vino de Serbia. Informándole que Serbia es mi país, el chico se confundió y empezó a pedir disculpas alegando que creía que hasta hace poco yo vivía en Yugoslavia, no en Serbia. Luego siguió mi explicación al joven - en su opinión, imagino, demasiado largo - referente a una guerra civil y dos mundiales, tres estados yugoslavos y sus seis repúblicas, hoy estados independientes, uno de los cuales es el serbio.

     Con la intención de no prolongar demasiado esta historia, la termino haciendo hincapié en su esencia, es decir, en el suceso de que, al iniciar una nueva vida en Barcelona, se ocasionaron muchos malentendidos en relación con lo que es mi patria y ninguno con la existencia de la posibilidad para elegir entre pertenecer a Grecia, Rusia o Yugoslavia. Pero lo que más me gusta es sentirme como la Sergia de un país lejano y extraño - da igual cómo se llame ese país y dónde se ubique - porque, por un lado, ese apelativo me recuerda al título de un cuento de hadas. Por el otro, aunque no existe ninguna razón clara para temer (menos el actual conflicto en Kosovo), temo por la probabilidad de que el cuento de hadas acerca de mi país, Serbia, de nuevo no vuelva a llamarse, como en el poema de Desanka Maksimović, sangriento.
     ¿Te ha pasado alguna vez que en el extranjero, después de decir a las personas de dónde vienes, ellos no sabían de que país se trataba? 

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