Los textos en este blog tratan sobre un ¨viaje¨ muy importante de mi vida, el traslado desde los Balcanes, específicamente de Serbia, a España. Sin embargo, dado que la mayoría de los viajes implica tanto ida como vuelta - aunque todavía no sé si el mío será uno de esos - decidí escribir mis experiencias y recuerdos con la intención de, ni por accidente ni con propósito, no olvidarme de dónde provengo y dónde, si aparece el momento adecuado en un futuro, debería regresar.

Como me convertí de Đurđić a Durdic

Como me convertí de Đurđić a Durdic


     La costumbre de que las chicas de mi país, Serbia, al casarse reemplacen su apellido por el del marido, data de hace mucho tiempo. No obstante, pese a que hoy en día, de acuerdo con numerosas opiniones, este hábito debería superarse, todavía hay muchachas que lo siguen conservando; por lo tanto, la Janković, por ejemplo, se convierte a la Petrović. Por otro lado, algunas sostienen su propio apellido y, como a menudo se dice, añaden el de su marido. Y las más raras de todas, señoras que llevan con orgullo el apellido de soltera aunque estén casadas.

     Que perteneceré a este último grupo de mujeres, las que se llaman de la misma manera antes y después de su boda, lo asumí aceptando casarme con un español. A saber, en la cultura en la que él creció, cambiar los apellidos por parte del sexo más bello no es una cosa que se espere en un matrimonio. Sin embargo, independientemente de la falta de expectativas, una mañana, a causa de mi NIE emitido en Barcelona, mi apellido sí que ​​se modificó y por un momento me pareció que, en lugar de en España, continuo viviendo en Serbia. Encontrándome, pues, en frente de una realidad de que ni en un sueño no esperaba encontrarme, me pregunté en que los españoles y nosotros, los serbios, nos distinguimos cuando se trata de apellidos y la praxis de cambiarlos.

     Para empezar, mi marido, a diferencia de la mayoría de los novios serbios, se rebeló contra este hecho. Opinaba que nadie tiene derecho a obligarme a tomar un nuevo apellido si no me apetece. Y más que eso, al mediodía me aconsejó que me pusiera en contacto con uno de los empleados en la Embajada de la República Serbia en Madrid explicando que me ocurrió y que pidiera ayuda. Por supuesto, le hice caso con gran placer y por la tarde llamé al número de teléfono de la Embajada.

     El señor que se hallaba al otro lado del teléfono escuchó mi problema y me contestó que recibiré una carta confirmando la posibilidad de escribir dicha letra del alfabeto serbio, Đ, como un DJ; teniéndolo en cuenta, mi apellido hipotético sería Djurdjic (sin duda, más parecido al original en cuanto a la pronunciación). Esto representaba la segunda diferencia en comparación con la situación en Serbia, donde a veces, creo yo, casi toda la sociedad conspira contra las mujeres que están tratando de mantener su apellido de soltera. A continuación, la carta llegó al pagar una determinada suma de dinero - el señor me pidió disculpas contándome que el trámite tenía un coste - pero no valió la pena. Resultó que, en caso de una novia extranjera o novio extranjero (con la excepción de los latinoamericanos), gran parte de los españoles no puede escribir correctamente los apellidos - ciertas letras de los alfabetos no coinciden - y se redactan por la similitud ortográfica entre apellidos (ortográficamente, Đurđić y Durdic suelen ser más similares que Đurđić y Djurdjic). Así que yo, la Durdic, de nuevo me vi en el principio (con una docena de euros menos en la cartera), constantemente repitiendo la pregunta sobre más diferencias (porque las dos mencionadas al final no me fueron suficiente convenientes).

     Pero de repente dejé de preguntarme acerca de estas distinciones ya que, intuyo, una cosa importante es común para los españoles, los serbios y el resto de las naciones. Todos nosotros al final del día nos dejamos llevar por la sinceridad de la noche y comenzamos a sentirnos conscientes de la sutil desigualdad entre Đurđić en Serbia y Durdic en el extranjero. En otras palabras, aparentemente somos diferentes aunque, si nos interesa lo esencial, somos exactamente iguales.
     ¿Eres partidario/a de la idea de que las mujeres en el matrimonio deben sustituir su apellido por el de su marido? ¿O, sin embargo, alguna otra solución te parecería más correcta?

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