Los textos en este blog tratan sobre un ¨viaje¨ muy importante de mi vida, el traslado desde los Balcanes, específicamente de Serbia, a España. Sin embargo, dado que la mayoría de los viajes implica tanto ida como vuelta - aunque todavía no sé si el mío será uno de esos - decidí escribir mis experiencias y recuerdos con la intención de, ni por accidente ni con propósito, no olvidarme de dónde provengo y dónde, si aparece el momento adecuado en un futuro, debería regresar.

Sobre cercanía y las alas bajadas

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La canción La Fee de Zaz

     La historia comienza así: días atrás, el 24 de agosto concretamente, sentada en mi piso de Barcelona reflexionaba con decepción sobre el concierto que aquella noche tuvo la cantante francesa Zaz en Novi Sad. Decepcionada, no por la actuación, sino porque no era factible presenciarlo. La razón de mi ausencia era simple - no puedo visitar la mayoría de acontecimientos interesantes de esa ciudad serbia debido a que ya no resido cerca de ella. Y, aunque la cercanía nunca representaba un factor determinante en mi vida, en ese momento atesoraría tanto valor cuanto posee la experiencia de asistir al concierto deseado en una noche de verano y, a lo largo de la vida, las memorias a la mencionada experiencia. 
     En relación con las memorias, recientemente he oído que “es mejor vivir rodeado de seres queridos que de queridos recuerdos”, pese a que no estoy segura dónde ni de quién. No obstante, deducía que la frase pertenecía a una madre.
Sobre cercanía y las alas bajadas
     De hecho, siempre he creído en la existencia de una especial similitud cuando se trata de cómo las madres determinan la importancia de la proximidad y cómo la comprenden en general. Para empezar, algunas la aumentan intentando que los hijos (príncipes) y las hijas (hadas) permanezcan a su lado; una de ellas, Zaz, pensando quizás que las canciones son sus niños, lo logró escondiendo un hada en los versos, muchas veces glorificados, de la canción La Fee (en castellano, El Hada). Sin embargo, otra madre, una amiga de mis padres, a pesar de los similares esfuerzos, no se consideraba tan exitosa. Por el contrario, se me quejó en voz baja el día de mi boda, felicitándome previamente por el matrimonio, con las palabras: “Niños, os hemos dado alas y vosotros habéis volado”. Al instante me di cuenta de la causa por la que pronuncio estas tristes palabras – idéntico a mi caso, su hija, una vez obtenido el título universitario, también se casó y se trasladó al extranjero, donde encontró un trabajo – y de otra similitud entre estas dos madres (la primera lo era en sentido figurado y la otra literal). Al parecer, hasta que la cercanía no figuraba nada más que un buen recuerdo para mí, en cuanto a las madres, ambas la entendieron como la felicidad.
     Con el objetivo de evitar la decepción y continuar sintiéndome feliz, quería pensar que la amiga de mis padres realmente no era consciente de lo que me susurró ya que, de acuerdo con la anterior creencia, al igual que otras madres, seguramente lloraba desconsoladamente cuando miraba la película serbia Ptice koje nikad ne polete (Some birds can´t fly). Porque, después de esas lágrimas, de qué manera una persona logra la felicidad cerca de su hada si las pequeñas alas están bajadas.
     Y para acabar, aunque en el caso contrario - cuando extiende sus alas para poder volar - de vez en cuando un hada sigue (¡qué ironía!) sin ganar recuerdos memorables, ahora no supongo ni creo, sino sé cómo sonaría un final inusual de esta historia. En él, su madre dejaría de autoengañarse afirmando, a través de susurrantes comentarios, que la felicidad, como la proximidad, se mide en kilómetros. 

     ¿Cómo entiendes tú la cercanía en relación entre padres e hijos? ¿Deben vivir al lado unos de otros con el fin de sentirse cercanos? 

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